La sobrina Florencia

Quiero salirme un poco de los temas más livianos y divertidos de los que suelo hablar en este blog. Escribí esta reflexión (muy emocional y poco racional) con todo el amor y respeto del mundo.

A veces veo en redes sociales a personas que las utilizan para buscar a sus seres amados. En muchas ocasiones me dan ganas de enviarles un mensaje o llamarlos y preguntarles si encontraron a quién buscaban, ya sea humano, animal, no sé, y desearles lo mejor y mandarles cariño. Sé que mi llamada y mi preocupación tal vez entorpercerían tan horrible momento, donde cada llamada desconocida parece ser una pista esperanzadora.

Me hubiese gustado pensar algo así el sábado, cuando recién me enteraba de que una menor desaparecida en realidad estuvo muerta durante varias horas en su propia casa en Coyhaique, días después de enterarme de otra adolescente asesinada en Argentina. Revisando noticias y tuits destacados encontré a la tía de la niña, quien fue la que (probablemente) empezó a moverse en redes para buscarla. Yo también soy periodista como ella, pensé, pero había una coincidencia más rebuscada, pero que me producía mayor tristeza: yo también soy tía.

Mi primer sobrino nació cuando tenía apenas siete años. Luego, para el segundo que nació, tenía diez. Siempre me vacunaban para jugar con ellos, y me generaba cierta molestia, pero supongo que era lo que tenía que hacer. Mi tercera sobrina, la primera mujer, nació cuando tenía 14. La primera vez que me dejaron cuidándola ella tenía apenas unos meses. La dejaron acostada en una cama, y yo me paseaba inquieta, en silencio, rogando que no llorara, porque no sabía tomar a una bebé en brazos y tenía miedo de que se me cayera o algo así. Pero se puso a llorar. No sabía qué hacer ¿tenía hambre? ¿lo hice mal? ¿quería a su mamá? La miré unos segundos, sintiéndome inútil, mientras se rajaba de desesperación. Decidí tomarla, como tomaría una reliquia de porcelana, con la cama de apoyo, por si pasaba algo. Una vez la tomé y me sintió, dejó de llorar, y tuve una revelación que me marcó: no fallaría otra vez en cuidarla, porque sin querer siempre lo había hecho. Años más tarde, con dos pequeños más que nacieron (uno que ya tiene ocho años y otra de tres), intenté convertirme en una tía, que pese que a veces era distante, podía ser útil. Aprendí a cuidar y vigilar (torpemente) a un niño, les di comida, les enseñé y les sigo enseñando las cosas que sé.

Empaticé con todo el terror de una mujer que intenta comprender algo tan lejano como lo que está pasando la familia de Florencia y la de Lucía. Me imaginé a mí, intentando mostrar seriedad y rectitud, pero muriéndome de desesperación, sin poder pensar en otra cosa, derrumbándome con cada hora que pasa, incrédula, llena de dolor, agotando las posibilidades, recorriendo todos los lugares que podemos pensar en una situación así de madrugada, sin comer, viendo a una familia entera haciéndose pedazos. Pensé en mí, enojada con la vida, con el mundo, que parece tan injusto y que parece invitarte en una situación así a tomar la justicia con tus manos y hacerla tuya.

Pensé en mis sobrinos, todos aún tan pequeños, en que quiero que vivan tanto como yo he vivido: que tengan un mejor amigo, que se rían de sus propios chistes, que les apasione algo, que se saquen un uno en la universidad, que den su primer beso, que vayan al concierto de su banda favorita, que odien a sus familias porque no los entienden, que luego los entiendan con la compasión de la madurez. Ellos, igual que yo, estamos aprendiendo, crecen (demasiado rápido para mí), y no somos más que nosotros responsables de que aprendan: a apasionarse, a hacer lazos, a reírse incluso cuando todo sale mal, a respetar a quien tienen al lado. A vivir, al fin y al cabo. Pensé en las diferencias que los separarían más tarde: una vez crezcan las niñas se expondrían a muchos más peligros, como los que yo también viví como adolescente y como mujer, y muchas veces siento miedo, y muchas veces deseo con mi alma que en la vida de ellas no haya abusos ni acosos ¿Cómo conciliar en niños y niñas que crecen ese futuro y responsabilidad mutua? ¿Cómo pensar en esa niña que no podrá darle un abrazo a su abuela nunca más, y que no tuvo que crecer para conocer el verdadero peligro?

¿Qué pasa con todos aquellos que no conviven con niños? ¿Qué pasa con los 865 menores que han muerto en el Sename? ¿Qué pasa con Florencia, asesinada a sangre fría por una persona a cargo de ella? ¿Qué pasa con Lucía, culpada de morir drogada y empalada? Parecemos hojear las muertes y luego cerrarlas, diciendo: “Qué pena”, pero por otro lado, veo a mi alrededor a muchos amigos, colegas, conocidos, refunfuñando con desprecio y asco: “Me cargan los niños ¡Aléjenlos de mí!”, “Qué paja las adolescentes, me doy vergüenza en esa época”, como si se tratara de una plaga, una plaga que nos pertenece. Alejamos y repudiamos a los niños, a los adolescentes, con paja, con lata, los enchufamos a juguetes para que se ensismismen y no molesten nuestra ocupada vida adulta, repetimos burdamente que también se mueren hombres como si esa muerte nos sirviera de consuelo, y una vez la facción frágil de nuestra sociedad (mujeres, niños, pobres) piden o reclaman algo, los gritoneamos, perdemos la paciencia, como si fueran culpables de todas nuestras frustraciones. Les transmitimos que estorban, que están reclamando tonteras, les decimos que son feminazis, que hacen pataletas y les decimos que no son libres (con una salud pública obligando a la mujer que no quiere parir porque no tiene las herramientas para enseñar y alimentar a alguien más ¿cómo no?), y damos todas las demás lecciones por aprendidas, les dejamos la carga moral de los niños a los colegios, a veces mediocres, a veces sin un peso.

Estamos dañando y matando con todo este desprecio a mujeres, a niños, a buenas personas que se merecen algo tan simple como despertar un día más. No estoy diciendo que quienes no tienen cercanía con niños vayan y los busquen, estoy diciendo que no estamos dando ningún buen ejemplo como adultos constantemente expuestos en nuestras redes y en la vida diaria. Es cosa de pensar en algunos Youtubers que incluso se han encargado de hablar mal de una mujer o de sus pares en videos y que son idolatrados por chiquillos de diez años. Es cosa de pensar, incluso, en todas las veces que no hemos sido amables con una madre en el metro. Estamos atrapados en una amargura donde para algunos el único consuelo es la plata. La verdad es que para mí no hay ningún consuelo en esta vida cuando miro un país que se desprecia a sí mismo, un continente juzgado y sometido, un mundo que creemos que funciona, con mujeres despreciadas por exigir igualdad y hacer ver dónde está el problema.

No soy quién para juzgar la labor de una madre o un padre, ni mucho menos la de un profesor, porque me falta la experiencia. Como una mujer a pie, con el tiempo he aprendido que todos los niños son nuestros sobrinos si no son nuestros hijos, como también he aprendido que toda mujer es mi hermana aunque no tengamos ningún parentezco.

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